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«La educación universitaria: innovación y creatividad» (1 de 2), Eva Aladro #frentealespejo

A menudo, en mi experiencia como profesora universitaria me preguntan por las causas del estancamiento de la educación en nuestro país. Todo el mundo, y me incluyo, está conforme con que el desarrollo económico y social del país depende del buen desarrollo de la enseñanza y la educación a todos los niveles, y en especial en la universidad.

Sin embargo, tanto entre los expertos como entre los periodistas, los críticos o los evaluadores de los diferentes sistemas de enseñanza, predomina una visión muy utilitarista de la educación; que la convierte en un simple instrumento para generar riqueza económica. Este mismo argumento es síntoma de la pobreza de miras con que se aborda el fenómeno de la educación.

Hoy en día predominan visiones muy pobres de la enseñanza en todos los niveles, pero en particular en la enseñanza universitaria. La educación universitaria se entiende exclusivamente como una carrera competitiva en la búsqueda del éxito y del triunfo, tanto individual como nacional. Criterios muy restrictivos de calidad dejan sin fuerza innovadora a instituciones, políticas o grupos sociales, de modo que no se alimenta un espíritu realmente profundo del valor de la enseñanza. Esta visión de la universidad como ‘negocio’ mata el espíritu esencial que la vincula con el crecimiento real de un país.

La educación no es algo meramente transitivo, instrumental o causal. No es algo que se haga para generar un excedente de beneficio, un interés adicional o una riqueza añadida a ella misma. La educación debe ser, en un país, un fin en sí misma. No nos educamos y aprendemos para obtener un gran empleo y ganar mucho dinero, adquiriendo después bienes y aumentando nuestro nivel material de vida. La educación es en sí un ascenso de nivel de vida que debe buscarse sin ningún tipo de beneficio añadido. Aunque los tenga.

«La visión mercantil de la universidad mata el espíritu que la vincula con el crecimiento real de un país»

Ello nos sitúa en una perspectiva en la que la enseñanza se convierte en un arte. En una actividad que se paga en sí misma, y cuyo proceso y resultados son como un pozo de riqueza insondable cuyos fondos no podemos prever de antemano.

En realidad, invertir en educación universitaria es este tipo de actividad: una consideración sin límites del valor humano de los procesos educativos, que deben ser, como la cultura de un país, algo protegido y central en nuestras sociedades. Porque nos traen beneficios que no podemos prever, que son realmente el futuro.

La enseñanza universitaria tuvo en su función social durante siglos un valor profundo en este sentido. Como centro del conocimiento, lugar donde se fusionan y se acogen todas las formas del saber y se auspician los avances en cualquier rama del conocimiento, con una capacidad liberadora y crítica, la idea de la universidad como una institución libre y autónoma, apoyada y valiosa por sí misma, estaba muy ligada a ese idea no lucrativa y progresiva de la educación.

«En un país educado y culto se vive más y mejor; lo que no implica subir en rankings empresariales»

Debemos apoyar y defender que siga siendo uno de los elementos clave de nuestra conformación social, por estas funciones que me propongo describir.

El proceso educativo debe ser el centro del desarrollo social, porque en sí mismo transforma un país, al hacer más completas y ricas –en lo que a su experiencia se refiere– a las personas que lo conforman. Esto puede significar que aumenten los modos y tipos de actividad, y no necesariamente la riqueza económica. Un país más educado y culto es un país donde se vive más y mejor; pero esto no implica subir en los rankings de poder empresarial.


Eva Aladro Vico es profesora titular del Departamento de Periodismo y Nuevos Medios, en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid.

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