A apenas dos semanas de que celebremos el Día de la Mujer, el próximo 8 de marzo, conviene detenerse no solo en las desigualdades que ocupan titulares, sino también en aquellas que operan de forma silenciosa y que, precisamente por no resultar evidentes, acaban perpetuándose.
Así, nos hacemos eco del informe La desigualdad que no se ve, dirigido por la profesora Marta Grañó y publicado por OBS Business School. Un documento que pone el foco en aquellas brechas que no siempre se perciben, que rara vez se cuantifican y que, en consecuencia, quedan fuera del diseño estructural de políticas públicas, estrategias empresariales y sistemas de evaluación.
Una percepción social que no encaja con los datos
Uno de los datos más reveladores del informe es que el 52% de los jóvenes entre 16 y 24 años considera que el feminismo ha ido demasiado lejos y que estaría generando discriminación hacia los hombres. Esta percepción, observable también en otros países occidentales, contrasta con los indicadores objetivos, que muestran un avance extremadamente lento en el cierre de la brecha de género: del 68,4% al 68,8% en el último año.
La desigualdad no ha desaparecido; simplemente se ha desplazado hacia ámbitos menos visibles. Persiste con especial intensidad en la dimensión económica y de participación, en la distribución de los cuidados, en determinados indicadores de salud y en el entorno digital. La invisibilidad, en este sentido, no implica inexistencia; implica falta de reconocimiento estructural.
El trabajo que sostiene el sistema y no computa
Cada día se destinan en el mundo más de 16.000 millones de horas a tareas no remuneradas: cocinar, limpiar, cuidar de menores, personas mayores o dependientes, y sostener la vida cotidiana. Las mujeres dedican 2,5 veces más tiempo que los hombres a estas labores.
La Organización Internacional del Trabajo estima que 708 millones de mujeres permanecen fuera del mercado laboral debido a responsabilidades de cuidados no remunerados. Naciones Unidas advierte incluso de que, en algunos países, el valor económico de este trabajo podría superar el 40% del PIB. Sin embargo, esta contribución no se integra de forma sistemática en los marcos de decisión económica ni en el diseño de políticas públicas.
En paralelo, una parte esencial del bienestar colectivo descansa sobre ocupaciones consideradas estratégicas —educación, atención sanitaria básica, servicios al consumidor o sector público— en las que la presencia femenina es mayoritaria y, al mismo tiempo, infravalorada en términos salariales y de reconocimiento. En cambio, sectores como infraestructuras o cadena de suministro siguen altamente masculinizados.

Invisibilidad simbólica y liderazgo
La desigualdad no se limita al plano material. En el ámbito simbólico —medios de comunicación, cultura, lenguaje— se define quién tiene voz, quién se convierte en referente y qué modelos de liderazgo se legitiman.
Apenas el 24% de los puestos de máxima dirección editorial en medios están ocupados por mujeres. En el sector audiovisual, informes recientes apuntan a cifras preocupantes de violencia y acoso en entornos profesionales, lo que evidencia la conexión entre invisibilidad simbólica y relaciones de poder.
El propio lenguaje del liderazgo continúa asociado a atributos históricamente vinculados a la masculinidad —firmeza, dureza, agresividad estratégica— lo que sitúa a las mujeres directivas ante una doble exigencia: si adoptan esos códigos, se cuestiona su feminidad; si no lo hacen, se pone en duda su autoridad.
Hacer visible lo estructural
El informe subraya que abordar estas desigualdades exige intervenir en dos niveles complementarios: el de las prácticas cotidianas —quién cuida, quién sostiene, quién asume tareas invisibles— y el de las estructuras —cómo se diseñan los sistemas sanitarios, tecnológicos y normativos—.
Desde una perspectiva empresarial, esta reflexión resulta especialmente relevante. La invisibilidad no es una anomalía marginal; es un elemento estructural que condiciona la asignación de recursos, la gestión del talento y la cultura organizativa. La desigualdad que no se ve no es menor: sostiene muchas de las demás.
Para las organizaciones que aspiran a liderar con responsabilidad y visión estratégica, el reto no consiste únicamente en cumplir indicadores formales de igualdad, sino en revisar los supuestos implícitos sobre los que se construyen procesos, métricas y decisiones. Lo que no se mide tiende a no gestionarse. Y lo que no se hace visible difícilmente se transforma.
Acceso al informe completo.

