Perdonadme, porque ya voy teniendo cierta edad. Y mis referencias no son estos empresarios formados entre las élites, que ponen en marcha una idea, consiguen que las bolsas se vuelvan locas y los accionistas las hagan crecer de cero a cien de la noche a la mañana, y terminan por venderlas cuando aún no se ha terminado de secar ni la pintura de los rótulos de sus oficinas.
Tengo en mayor estima a ciertos empresarios de otros tiempos. Más bien salidos de la nada, y que a acostumbraban a recorrer la senda de los negocios acompañados por sus valores; no renunciando a estos a cambio de un puñado de seguidores en Instagram.
Creo recordar que fue el armador griego Aristóteles Onassis quien comentó, en una entrevista: «El secreto del éxito en los negocios es saber algo que nadie más conoce». Sencillo, aunque como todas las cosas aparentemente simples esconde más enjundia de la que parece.
Pues bien, a estas alturas de mi vida no tengo claro que sepa algo que los demás desconozcan. En ese sentido, parece que nunca me haré multimillonario, como el segundo marido de Jacqueline Kennedy. Qué le vamos a hacer.
Eso de quedarse quieto, esperando tiempos mejores, no va conmigo. Así que, por feas que parezcan las cosas, a mí me parece que cualquier momento es bueno para emprender una travesía.
Aunque una cosa sí que tengo clara, y es que al abrigo del aire solo hay muerte; como saben bien los pastores y los buenos montañeros. Eso de quedarse quieto, esperando tiempos mejores, no va conmigo. Así que por feas que parezcan las cosas, y por mucho que los timoratos salgan con la cantinela esa de que en tiempos de turbación no se deben hacer mudanzas, a mí me parece que cualquier momento es bueno para emprender una travesía, a nada que se tenga claro el rumbo y el viento sople, ya no digo a favor, sino que basta que no sea en contra.
Y es que soy de quienes creen, como la gente cabal que me enseñó a ir por la vida con la frente alta, que la vida está bien aunque al mundo le vaya mal. Mejor me explico, que ya veo algún entrecejo fruncido: a nada que echemos un breve vistazo atrás, nos daremos cuenta de que la terca realidad lleva ofreciéndonos su peor semblante casi desde que comenzó del puñetero siglo XXI.
Así, a la peste que vino –como decían los latinos– tras la fiesta millonaria de los poceros metidos a genios financieros y los políticos de medio pelo con cuentas bancarias en paraísos fiscales, y que nos ha lastrado la vida durante la segunda década de este siglo, le ha sucedido una pandemia, que no solo ha causado millones de muertos en todo el planeta, sino que aún no nos hemos sacudido de encima. Y a saber cuánto tardaremos en olvidar, por mucho que nuestro cerebro esté diseñado para la disonancia cognitiva. O como decía aquel, saber que el fumar mata, pero mirar para otro lado a la hora de encender un pitillo, que de algo hay que morir.
El mundo parece que no tiene entre sus planes a corto y medio plazo darnos un poco de cuartel. ¿Significa eso que debamos desanimarnos o pensar en tirar la toalla? Ni mucho menos.
Por si esto fuera poco, al sátrapa iluminado de turno se le ha ocurrido ahora que la Gran Rusia –y esperemos que a sus vecinos orientales no les pase en breve con la Gran China– debería recuperar su pasado imperial a base de entrar a sangre y fuego al jardín de sus vecinos. Un conflicto bélico en el Este, que resulta que la está liando parda en el Oeste.
Y es que, volviendo a lo que decía, el mundo parece que no tiene entre sus planes a corto y medio plazo darnos un poco de cuartel. ¿Significa eso que debamos desanimarnos o pensar en tirar la toalla? Ni mucho menos. Hacedme caso: las buenas y las malas noticias se trenzan, como a menudo quiere el destino que suceda con penas y alegrías. Seguro que encontráis motivos para sentiros dichosos cada mañana. Aunque no podáis pagaros un pasaje al espacio, como los magnates de Silicon Valley, o dejarle a vuestras esposas una pensión de divorcio como las del creador de Amazon o el filántropo –con esa cuenta corriente, cualquiera– Bill Gates.
Basta con valorar las pequeñas alegrías de la vida: yo tengo una esposa genial que se conforma conmigo. ¿No es eso para dar saltos de alegría? Y una hija que acaba de saltar a la arena de los negocios, a la espera de seguir formándose –qué generación esta: nunca tiene conocimientos suficientes– y a cuyo lado he vuelto a recordar el porqué me hice empresario. ¿A ver si fue para no rendirme nunca?
Tras todas estas razones, te invito a descubrir una nueva idea que acabo de poner en marcha, como todas las que tengo, recorriendo el camino siendo fiel a mis valores…
Juan Carlos Maté, presidente de Caralin Group.

