Te acuestas en la cama, aprietas la cabeza contra la almohada e intentas aplastar todo lo que te persigue: lo que te hace daño, lo que deberías ser y no eres, lo que deberías haber conseguido y aún no has conseguido.
Eliges las vacaciones pensando en la foto perfecta con la que mostrar una sonrisa diseñada más para ser vista que para ser vivida. Piensas en el gimnasio, en la dieta, en el magnesio, en la proteína, en la productividad, en la agenda, en todo lo que deberías hacer y no haces.
Quieres ser mejor en el trabajo. Quieres ascender, aunque el ascenso signifique más horas, más presión y más preocupaciones. Quieres un coche mejor que el del vecino. Quieres una casa más grande, un cuerpo mejor, una vida más visible, un éxito más reconocible. Quieres triunfar. Quieres reconocimiento. Quieres que el mundo vea que has llegado.
Quieres ser el rey de tu portal.
Y, sin embargo, justo antes de dormirte, aparece una punzada real, cruda, casi siempre ignorada porque la sociedad nos ha educado para sentirnos mal si nuestro último pensamiento del día es: ¿quién me ha robado mi zona de confort?
En todos los años que llevo emprendiendo, creando empresas, levantando proyectos y viendo de cerca el brillo y la trastienda del éxito, he aprendido algo incómodo: muchas personas no persiguen una vida mejor, sino una vida que pueda ser admirada desde parámetros que ni siquiera han elegido.
Y esa diferencia lo cambia todo.
Muchas personas no persiguen una vida mejor, sino una vida que pueda ser admirada desde parámetros que ni siquiera han elegido.
La oveja tradicional acepta el camino marcado. Busca seguridad, pertenencia, rutina y una cierta paz. El problema es que hoy nadie quiere reconocerse como oveja, porque hemos convertido la prudencia en vergüenza y la vida tranquila en fracaso.
El lobo, por el contrario, rompe el camino. Crea, arriesga, pelea, abre puertas. Pero también paga un precio: soledad, ansiedad, desgaste, hambre permanente. El lobo conquista, sí, pero muchas veces no sabe descansar en lo conquistado. Ser lobo duele. Duele mucho.
Y, sin embargo, parece que el lobo se ha convertido en el único modelo socialmente aceptable de éxito. Parece que todos debemos emprender, crecer, escalar, exponernos, reinventarnos, liderar, arriesgar, facturar más, dormir menos y sonreír mientras lo contamos en LinkedIn.
Pero una oveja no puede convertirse en lobo sin pagar un precio enorme. Y muchos lobos tampoco pueden seguir siéndolo eternamente sin romperse por dentro.
Entonces aparece la superoveja.
La superoveja no es una oveja resignada ni un lobo domesticado. Es una persona que quiere crecer sin romperse. Que entiende que la ambición no es el problema, pero sí lo es perseguir sueños que no ha elegido. Que sabe que el éxito no debería medirse solo en dinero, cargo, metros cuadrados o aplausos, sino también en coherencia, paz interior y capacidad de vivir sin necesitar demostrar constantemente que vale.
No se trata de dejar de querer más. Se trata de preguntarse más a menudo para qué lo queremos.
Una superoveja no renuncia a mejorar. Renuncia a autodestruirse para parecer exitosa.
La superoveja es una oveja que entiende su posición y aprovecha su virtud. También es un lobo que aprende a no salir a cazar en invierno. Es alguien que ha comprendido que crecer no consiste en vivir permanentemente incómodo, sino en saber cuándo avanzar, cuándo parar y qué precio no está dispuesto a pagar.
Y esto, llevado al mundo de la empresa, importa más de lo que parece.
Porque una organización formada solo por ovejas resignadas se vuelve lenta, temerosa y dependiente. Pero una organización gobernada únicamente por lobos hambrientos acaba convirtiendo la ambición en desgaste, el liderazgo en presión y el crecimiento en una carrera que nadie sabe muy bien por qué está corriendo.
En mi opinión, las empresas y los profesionales que vienen necesitarán otra clase de energía: ambición con criterio, crecimiento con límites, liderazgo con humanidad y éxito sin autodestrucción.
No se trata de dejar de querer más. Se trata de preguntarse más a menudo para qué lo queremos, cuánto estamos dispuestos a pagar (porque todo exige un precio) y qué parte de nosotros estamos sacrificando en el camino.
Quizá el mundo no necesita más personas obsesionadas con parecer invencibles. Necesita profesionales capaces de ambicionar sin enfermar, liderar sin devorar, competir sin perderse y descansar sin sentirse culpables.
Necesita superovejas.
David Lanau es el autor de Ovejas, lobos y superovejas (Almuzara).

